Lecturas David (9): 100 años de soledad

La historia de la fundación de Macondo y de la familia Buendía es un viaje asombroso que Gabriel García Marquéz narra con una calidad poetica y narrativa espectacular. Abrir las páginas del libro es adentrarse al mundo inverosimil de sucesos que el realismo mágico contiene en el margen de una coherencia latinoaméricana que nuestro siglo ha ido perdiendo en la globalización y el mundo digital.

La fundación de un pueblo es algo que pasa por alto nuestra imaginación. No ya el mero dato de clase de historia, donde las fechas se confunden con números presindibles. Algo más humano y de índole mitologica con la cual podríamos poner en contexto nuestro presente, enriquecerlo colocándole las piezas que hacen falta en los lugares más indicados de la memoria y de la memoria generacional. Tan solo ponerme a pensar en las historias que almacenan la casa, la calle, el vecindario, el barrio, el municipio, es un ejercicio creador de nostalgia y de curiosidad. Y es triste el hecho de que se vayan perdiendo en cada muerte de nuestros mayores las anécdotas, las perspectivas emocionales que aglomeran las región de nuestro país.  Imaginar con el filtro de la curiosidad en la mirada multitudinaria de quienes vieron en su infancia, en su adolescencia o en su madurez un lugar de seguro tan distinto al actual que es difícil compararlos; que un pedazo del hilo histórico se extravía en cada desaparecido, en cada uno de los que se van para siempre.. Y que el olvido sea el gran arrazador de pueblos y de ciudades.

Cuando estaba leyendo 100 años de soledad llegaron a mí dos datos que se asemejan al trabajo general del libro sobre hablarnos de la fundación de un sitio y de sus primeros pobladores. El primero fue descubrir en el libro de «Cartas de relación» de Hernán Cortes un mapa antiguo donde aparece Coyotepec (lugar donde vivo y escribo esto) entre los varios lugares señalados; pensaba en la longevidad del lugar y la desconexión total de aquellos primeros pobladores tan lejanos en tantos aspectos que pensarlos es en cierto modo pensar en extranjeros. Y que los siglos han borrado totalmente esos rostros que vieron plenamente descubierto este lugar, las lomas sin ninguna construcción humana o sin ningun trazo de camino. El segundo dato fue la comunicación con un tío, primo de mi mamá que me habló de la casa donde pasé mi infancia y como fue adquirida, lo que resultó en la revelación de secretos familiares que hoy por hoy ya no pueden sostenerse porque el tiempo y la falta de moral han descarapelado como pared vieja la realidad oculta de dicha propiedad; conversación que me hizo ser más conciente del árbol genealógico y su riqueza en historias de amor, de odio, de ayudas, venganzas, amistades y relaciones que nos vinculan a cada uno de quienes estamos desarrollando las ramas nuevas. 

Gabriel García Marquéz va colocando esas experiencias en el libro, lo que sigue después de una fundación: los primeros muertos, los primeros descubrimientos y emprendimientos, los primeros amores y decepciones, las primeras casas, el primer burdel, el primer tren, la primera masacre, la primera gran fiesta. A lo largo de la historia Macondo crece y madura y se vuelve revelde como adolescente y se vuelve nostalgico como una madurez solitaria o conmocionada por las grandes sentimientos acumulados. La familia Buendía es el eje principal, el motor por el cual el pueblo empieza a funcionar ya sea para bien o para desgracia. Y te seintes atraidos por sus  vicios y sus pensamientos.

Y si uno va a los tantos pueblos que la ciudades no han devorado, los pobladores narran situaciones tan extraordinarias como las que acontecen en Macondo. Porque muchas de esos acontecimientos del libro parecen sacados de estos sitios. A mí me ha  tocado escuchar aquí cosas que pueden aparecer en Macondo: dinero enterrado de las diligencias revolucionarias cuyo acto de presencia se manifiesta en fuegos misteriosos o señalados por espitirus femeninos en sueños; los nahuales que roban puercos hipnotizándolos y llevándolos en fila por entre las calles nocturnas; misteriosas bolas de fuego que danzan en las cimas de las colinas y que a alguien se le ocurrió llamarle  brujas; animales sobrenaturales que rondan los techos por las noches; serpientes fantasmagoricas que recorren entre el vaho nocturno el panteón. Aquí la imaginación y la realidad se mezclan.

Gabriel García Marquéz no es un desconocido para mí, ya con tres libros anteriores leídos de su autoría: «Crónica de una muerte anunciada», «La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada» y, recientemente,  «La hojarasca». Me hacen descubrir el potencial de un escritor tan querido en su tiempo y en el actual.

Me sentía tan impactado emocionalmente cuando el Gabo se adentra en los últimos pensamientos de José Arcadio Buendía, en Arcadio y del último Aureliano. Me llenó de intriga el pensamiento de Rebeca y el porqué mató a Jósé Arcadio. Me fascinó la claridad que le da la ceguera a Úrsula Iguarán en su vejez. Tan misterioso fue para mí el hermetismo de Amaranta o el lugar a donde fue Santa Sofía de la Piedad.se fue. Y el olor de Remedios la bella que dejaba en los lugares donde andaba. Es tan diverso el libro que me ha gustado lo mismo que Don Quijote, Rayuela o Los miserables.

Además ese gran acto de conexión con la literatura de su presente agregando referencias de Rayuela o de Artemio Cruz me hizo sentirme más encariñado con la historia y saber que el mundo de la literatura es un lugar entrelazado, no solo por situaciones, sino que más allá de los libros existieron grandes amistades que trascendieron fronteras. Lo que mencionaba Borges, eso de que la literatura es una comunidad fraternal de amigos que se hablan traspasando las fronteras del tiempo. 

Mis imprescindibles.

El decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga es de esos textos que podrían, y deberían, imprimirse para tenerlos a mano. Dada su brevedad y su capacidad didáctica explican perfectamente ciertas cuestiones literarias que no nos caería mal recordar de vez en cuando. Por ejemplo en el apartado número uno, Quiroga dice lo siguiente:

Cree en un maestro –Poe, Maupassant, Kipling, Chejov– como en Dios mismo.

Esa frase creo que no amerita interpretación pues es bastante clara con las cosas que dice. Los maestros, los viejos perros que pelearon bien (como diría Bukowski) son muchos y muy buenos. Están ahí dormidos en las estanterías, esperando por su turno de ser leídos. Nos acompañan aquellos que ya se convirtieron, debido a su lectura, en presencias constantes para nosotros. Están los denominados clásicos, que aunque el tiempo pase sobre ellos continúan resistiendo como grandes baluartes de la literatura universal. Están aquellos escritores actuales que al reinventar las formas, ya sea estructurales o del lenguaje, nos deslumbran y enseñan.

Por lo tanto resulta una tarea difícil la de seleccionar los autores que para nosotros son imprescindibles.

Por ejemplo, para mí surgió esa necesidad hablando con Pedro, el primo de mi esposa. Era una noche cálida, estábamos en una fiesta. Yo traía un par de tragos encima y en la plática habitual en estos casos me aventó una pregunta: ¿Quién es tu escritor favorito? Inmediatamente respondí que no tengo un escritor favorito, cosa que es cierta, ya que son muchos los escritores que me interesan por cosas distintas. Él siguió insistiendo en que escogiera uno, y para quitármelo de encima solté un nombre, claro que no me acuerdo qué dije, pudo ser Dostoievski o Taibo II, da igual porque mentí al sentirme atosigado por el mareo del alcohol y su necesidad de respuesta. Hoy que lo reflexiono detenidamente, quizá pude haber proporcionado un comentario un poco más inteligente y salir bien librado de ese asunto, pero visto lo visto la cerveza no fue de mucha ayuda en ello.

Después de pensarlo, no me resultó tan mala la idea de ver quiénes son mis escritores favoritos, incluso hasta podría ser un proceso divertido. Así que empecé a seleccionar libros, autores, géneros; y a compararlos entre ellos. De estas comparaciones es que resultó una lista que llamé “Mis imprescindibles”. En esta lista vienen los nombres de aquellos autores que por alguna razón, evidentemente siempre personal, son muy importantes para mí, y que considero que debo leer o he leído su obra completa, en cualquier caso son todos autores de los que he leído más de tres libros para poder hacer comparaciones más justas ya que de otra manera pondría en ella nombres como los de Monterroso o Pavese o algunos otros escritores que son muy buenos pero con cuya obra no estoy muy relacionado. Otra aclaración es que no hay en esta lista un orden sino es el del azar, todos los escritores son igual de importantes. Y, como pasa en toda lista que se reproduce por internet, es arbitraria. La lista la escribo a continuación:

  • Julio Cortázar
  • Carlos Fuentes
  • Jorge Volpi
  • Salvador Elizondo
  • Milan Kundera
  • Leonardo Padura
  • Mario Mendoza
  • Manuel Vázquez Montalbán
  • Paco I. Taibo II
  • Pedro Juan Gutiérrez
  • Charles Bukowski
  • Vladimir Nabokov
  • Jorge Luis Borges
  • Octavio Paz
  • Imanol Caneyada
  • Francis Scott Fitzgerald
  • Jean François Vilar
  • Jean-Paul Sartre
  • Juan García Ponce
  • Pedro Angel Palau
  • Andre Malraux
  • José Revueltas
  • Michel Houllebecq
  • H.P. Lovecraft
  • Inés Arredondo
  • Ernesto Sabato
  • Almudena Grandes
  • Juan Carlos Onetti
  • Alejo Carpentier
  • Roberto Bolaño
  • Fiódor Dostoyevski
  • J. W. Von Goethe
  • F. G. Haghenbeck
  • Stephen King
  • Francisco Tario
  • Juan Manuel Torres

Hay en esta lista un total de 36 autores, claro está que no es una lista cerrada sino en constante crecimiento. Hay autores que desde el momento en que la terminé se han ido adhiriendo, como fue el caso del año pasado que adherí a Tario, o el de este año que adherí a Juan Manuel Torres. Y así espero que continúe en el futuro. También es cierto que de esos 36 autores, 24 son escritores en lengua española y el resto escritores extranjeros a mi lengua. Curioso, ya eso significa que actualmente leo mucho más a escritores mexicanos, latinoamericanos y españoles que otra cosa. Y es curioso ya que en mi juventud leía sobre todo escritores anglosajones. De Stephen King y Lovecraft no pasaba. Ahora creo que sigo teniendo la admiración por ellos, pero con el tiempo se van completando círculos invisibles en mi formación lectora ya que se enriquece con las vivencias, con nuevos autores, con descubrimientos fortuitos. Al final es un proceso que todo lector debe pasar, crecemos y aprendemos. Leer es una de las actividades más gratificantes de la vida; una especie de inmortalidad se experimenta con un buen libro, ahí se detiene el tiempo y un trocito de infinito se incrusta en nuestro corazón. Es como dice Tomas Eloy Martínez: “Somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas”.

En fin, esta lista no es más que el conjunto de mis gustos y obsesiones personales como ya dije. Pero en el afán de querer compartir algo de mi admiración por ellos es que pretendo recomendarlos en entradas subsecuentes, donde dedicaré un poco de tiempo a hablar de algunas de sus obras, de sus estructuras narrativas y de su importancia para mí como lector.  

Te invito a que hagas lo mismo y selecciones a tus propios imprescindibles.

Lecturas David (8): Persuasión

La historia presentada por Jane Austen es un dulce dilema literario que produce esa sensación de desagrado y aceptación. Un retrato del pasado de la alta sociedad de Inglaterra en los primeros años del siglo XIX, una novela romántica que pinta con un pincel detallado los lugares y las maneras de convivencia de la alta sociedad de ese período de Inglaterra. Sin embargo, no hay análisis político, apenas y se reducen los comentarios intelectuales a charlas que buscan el escape para generalizar algún momento. El talento narrativo de Jane Austen se siente enjaulado, falto de exploración de temas y de conversaciones, que tan fácilmente podría lograr; reflejo de su vida, aprendiendo casi todo desde su casa y limitada a escribir lo que para una mujer se suponía en ese entonces aceptable: romances idílicos con finales felices logrados por un matrimonio esperado.

Encontrar a los personajes acostumbrados a un mundo clasista donde el dinero abunda para todos, las aventuras no son más que ir y venir de mansión en mansión con las expectativas de los enamorados y el chisme reciente de cada casa o familia. Donde a las personas les preocupa demasiado su posición social. Hombres y mujeres dedicados al ocio que produce las grandes fortunas. Hombres de la marina que son almirantes, coroneles, capitanes, que por su servicio pueden tener dinero suficiente para entrar apenas en los escalafones bajos de quienes poseen las fortunas.

Ana Elliot es un personaje extraño en su círculo social, amable, agradable a cualquier conversación. Dispuesta a no ofender, tomar su mínima distancia ante lo que no le parece. Solo reacciona con medias sonrisas fingidas o con un silencio para dejar pasar los momentos penosos o bochornosos en los que ella no está de acuerdo. Pero no encara o expresa su enojo cuando se ofende, como el caso cuando María Elliot, su hermana menor, desprecia a Federico Wentworth enfrente de todos, Ana en vez de reñirla solo se enoja interiormente y pasados un par de minutos todo regresa a su normalidad.

Federico Wentworth, quien es el otro protagonista de la historia, el interés romántico del pasado y del presente de Ana Elliot, no es interesante en ningún modo, solo lo es porque es el motor que impulsa el corazón de Ana. No va más a llá de pensar si Ana lo quiere o no. Llama la atención de todos por ser el hombre más guapo de la sala y su amabilidad en nada se diferencia de la cortesía general.

La familia Elliot, el padre y las tres hijas, con excepción de Ana Elliot, son personas que buscan con un afán insípido mantener su imagen de familia rica, llenos de prejuicios. María, la hermana menor, desprecia a Carlos Hayter, pretendiente de una de sus cuñadas, por no tener casi dinero; casada con Carlos Musgrove por la posición económica; quejosa e insoportable, berrinchuda e infantil. El padre Sir Elliot e Isabel, la mayor de las hermanas, hablando con total desagrado de la amiga de Ana, la señora Smith, hablando pestes de ella porque es pobre y vive en barrio pobre, justifican su desprecio y su asco con total libertad; pero se muestran serviciales y plenamente dispuestos a tratar con una familiar vizcondesa que apenas y los trata solo por modales de su posición. Los tres están dispuestos a socializar con la alta clase para no ser percibidos como faltos de poder económico.

Los personajes interesantes, Jaime Benwick y la señora Smith, son dos seres extraños para los personajes. El primero, taciturno y aficionado a la literatura, se muestra inclinado por su actitud de Ana Elliot en materia de poetas y literatos ingleses. Y la señora Smith, apenas de 30 años, de buen corazón y quien revela secretos de gran importancia para la trama final de la historia; es una mujer trabajadora, enferma y jovial, que a pesar de su desdichada fortuna es positiva.

Por cierto, abundan las personas viudas: Sir Elliot es viudo, Benwick, es viudo, La señora de Rusell, vecina de los Elliot y protectora de Ana, es viuda; mister Elliot, primo heredero de la fortuna de la familia, es viudo; la señora Smith es viuda, la vizcondesa en viuda.

La novela romántica estereotípica es así: enfocada en los problemas que son obstáculos en la unión de una pareja y la recta final que en agradables términos consolida la unión de los enamorados. Donde solo interesa en la trama si estarán o no juntos al final de la historia. Jane Austen es virtuosa en su narración, es consciente de que la mujer está limitada por la sociedad a expandir su intelectualidad, y sobre este tema lo pone en palabras de Ana Elliot:

“—Tal vez. Nada, nada; hágame usted el favor de no tomar ejemplos de los libros. Los hombres siempre han disfrutado la ventaja de ser los narradores de su propia historia. Han tenido todos los privilegios de la educación y la pluma en sus manos. No, no admito el testimonio de los libros.”

Entonces el trabajo de Jane Austen nos habla de un esfuerzo secreto para desarrollar su intelecto y enriquecer la literatura de su tiempo desde su posición en la sociedad de ese tiempo.

Así se llamaba mi viejo.

Cuando alguien muere, cuál es el protocolo. Hablar con dos o tres amigos. De esos que aunque hayan pasado meses sin hablarse sabes que van a estar ahí como si se hubieran despedido hace apenas unas horas. Llorar la tristeza que se escurre con la pérdida por las rendijas oscuras bajo la última puerta de salida. Oscuras como esa oscuridad que también tiembla dentro de nosotros. Leer algo en voz alta, algo que no entiendes y en lo que no crees. Despedirte mientras esperas que las cenizas sean entregadas y volver a casa. Cuál es el protocolo. Regresar y sentir que en el traslado al cementerio has perdido mucho. Que la mitad de tu corazón te la arrancaron y lo volvieron polvo. Tomar un trago en honor a quien ya no está, pero que honor merece. Escribir dos o tres palabras trémulas que no terminan de definir lo que sientes. Rabia, impotencia, soledad. Maldecir a un dios que no existe, pero que es un completo hijo de puta. Buscar consuelo. Tomar una taza de café mientras dices <<Viejo, venga y cuénteme otra vez esas historias de aventuras infantiles, horriblemente hermosas>> Esperar, en silencio, a que la segunda taza de café frente a la silla vacía se enfríe. Y que ni el eco repita las anécdotas del héroe, el único héroe que has conocido. Observar los bastones colgados en su lugar. Saber que ya no habrá quien los use. Olvidar que lo viste cansado y triste. Recordarlo como lo recuerdas cuando se te llenan los ojos de lágrimas; fuerte, feliz y lleno de vida.

No sé cuál es el protocolo. Solo sé lo que se siente. Lo mucho que duele. Lo jodido que se vuelve el día.

No sé cuál es el protocolo, sólo sé cómo quema su nombre cuando lo pronuncian mis labios. Y saber que yo me voy pareciendo a él cuando me miro en los espejos.

Martin, así se llamaba mi viejo. Y hoy mi nombre bajo su recuerdo ya comienza a tomar otro significado.