Fragmentos (2): La hojarasca, Gabriel García Márquez (2)

En la noche del domingo me puse el traje de novia en la alcoba de mi madrastra. Me veía pálida y limpia frente al espejo, envuelta en la nube de polvorienta espumilla que me recordaba al fantasma de mi madre. Me decía frente al espejo: “Esa soy yo, Isabel. Estoy vestida de novia, para casarme por la madrugada”. Y me desconocía a mí misma; me sentía desdoblada en el recuerdo de mi madre muerta. Meme me había hablado de ella, en esta esquina, pocos días antes. Me dijo que después de mi nacimiento, mi madre fue vestida con sus prendas nupciales y colocada en el ataúd. Y ahora, viéndome en el espejo, yo veía los huesos de mi madre cubiertos por el verdín sepulcral, entre un montón de espuma rota y un apelmazamiento de polvo amarillo. Yo estaba fuera del espejo. Adentro estaba mi madre, viva otra vez, mirándome, extendiendo los brazos desde su espacio helado, tratando de tocar la muerte que prendía los primeros alfileres de mi corona de novia. Y detrás, en el centro de la alcoba, mi padre serio, perplejo: “Ahora está exacta a ella, con ese traje”.

Individuo; sociedad

Y de la nada saltar del ser individuo a un colectivismo inexorable. Tan simple para Carlos Ismael, Alma Hernández, Arturo Fuentes, Matilde Arredondo, Javier López y Andrea Sofía (lista interminable de nombres barajeados que sin embargo son acertados); levantarse, ver el color de las luces de su reloj marcando la hora. En segundos se desprenden de su capullo sueño y se alistan para salir y trabajar, ganarse la papa, el cash, el papel moneda pulsante como un corazón permanentemente herido, o eso pensaron al unísono al sentir las frías monedas para pagar el transporte público.

Así cada uno, cada individuo, cada sociedad, transformándose en innegables hormigas antropomórficas. O peor aún, en una de las mil patas de una hormiga gigante con tentativas de divinidad que suma un insignificante número a una población de otras hormigas semejantes que vibran el suelo y subsuelo de lo infinito y eterno.

Pereza, energía, confusión, rabia, enojo, aburrimiento, indiferencia, las máscaras que son el pan del día. Ver las caras de los otros yendo al trabajo es ver un espejo lúcido, viviente y estricto. Revelan al individuo, olas de mil ojos, cejas, bocas y fisionomías reales.

No hay tristeza en esto, sino movimientos de una naturaleza danzante y aleatoria. Se vive así, se crece y se aprende así, meditando el tiempo, respirando el vaho multitudinario de provenientes de pulmones tibios y presentes. O quizá no, el aire milenario consume el tiempo vital de cada uno de nosotros y lo vuelve parte de su existencia, de su supervivencia. Demasiado panteísta piensa Carmen; insignificante afirma Aquilino; romántico acepta Aurora Medina; audaz le cuenta Javier a Paulina. A pesar de todo, se vive en la ilusión del presente.

Voltear al cielo en mitad de la jornada es un acto de revolución, mandarle mensaje al ser querido también, incluso tomar el primer café de la mañana con los compañeros, platicar los sucesos del día anterior con el gerente. Es humanizar, es aprender las variantes de lo gris y volverlo ameno. Aunque se venga de la melancolía solitaria o el canto quedo del dolor propio. Por eso el desprendimiento, el balbuceo educado al negar que uno no es un individuo, qué se está bien jugando en su papel de empleado, jefe, subordinado, secretario, comerciante, productor o consumidor (lo mismo, barajeando palabras que siempre dan en el centro de la realidad). Porque el progreso no se detiene por lágrimas, aunque sean muchas y de sangre, no se detiene ante funerales o diagnósticos de punto final. Revolución es sonreírle al conocido cuando se coincide en el viaje al trabajo; venir y llegar del amor de pareja; del pésimo chiste del espíritu más simple de los compañeros; disfrutar del paisaje hipnótico del transporte.

Pero, ¿revolución no es transformar, metamorfosear, sacudir el polvo, tirar al bote de basura las opresiones arcaicas para darle lugar a otras opresiones nuevas, actualizar o disfrazar con un manto limpio las injusticias? Sí, y de cierto modo con tales actos mencionados se realiza la revolución. Porque una constante y monótona rutina no existe, solo mirar hacia atrás un par de años, unos cien años o hace un milenio; mirar ese camino recorrido y ver que se va actualizando el constante día a día, aunque en esencia el resultado es el de siempre: sudor, cansancio, consumo y dinero gastado y ganado.

Fernando es asaltado, Jimena es estafada, Mauricio conoce al amor de su vida, Alondra disfruta con sus auriculares de su canción favorita, Saúl vende lo doble de su mercancía; Samanta se queda en la calle por primera vez en su vida (barajeando nombres y acciones que resultan verídicas, por más que se insista en su aleatoriedad).

Se llega a casa por fin, el ciclo termina su insoportable giro y el cuerpo se retuerce de comodidad al sentir la suavidad de la cama, si es que se tiene. Se abraza a la pareja, si es que se tiene. Y te dejas envolver una vez más, siempre una vez más por el hermoso sueño diario.

Reflejo de medianoche.

Llámame cobarde,
cobarde por rendirme de este infierno amable
cuyo disfraz fue tu cuerpo
y cuya máscara fue tu rostro

Llámame egoísta,
ve y diles que te arrojé a las llamas,
que en mi cerebro ya no hay rastro
y que la luz se fue conmigo

Llámame inútil
pues fui sólo una fracción
No es necesario buscarme
y mi ausencia ni siquiera parece importarles

Destrozame si es necesario
Llámame mármol,
llámame cáncer
Usa palabras hirientes
Corta mi piel, y deja que me desangre
Espero que esto de verdad te ayude
y que tú mi reflejo,
dejes de llamarme.

Encuentro y descubrimiento pasado

Éxodo de cometas, astros de antiguas orbitas destinados a una colisión, nocturnos perfumes que se entremezclan en tus peregrinas caricias, espuma del aire y signos de luz en tu infinita mirada. Te descubro como las alas al vuelo, como la madures del fuego en las cenizas frías.

Trasparente ser, se abren las flores del poblado campo de tu memoria, se alzan apenas las coloridas zonas de tu pensamiento. Corazón detrás de un muro suave, piadoso encuentro entre dos voluntades, sueños y entresueños de frágil espuma. Humedades escondidas de la oscuridad nueva, de la oscuridad bella, de la oscuridad secreta y entregada.

Pequeña aurora, infinito destino en tu mirada. Reposo del amor, ausencia de fantasmas. Navegarte es naufragar sin brújula, boreales luces que entibian las sombras. Tú, el extraño espejo donde se pierde algo, donde se eriza el pudor, donde se cierran puertas sin candados ni cerraduras.

Atraviesan el vagabundo vaho de tu respiración celestes formas, enormes como tu misterio, como tu encuentro y la intuición de tu espalda en mis brazos. Te abrazo noctambulo ser de mil nombres, de mil palabras de un lenguaje inicial. Fugas de lo que alguna vez fue presente, se desborda el ir y venir de lo que no se puede nombrar, más sí recordar cuando el alma duele como herida abierta.

Y de repente renace el día.

Acumulación diaria

Del subsuelo del espíritu la germinada semilla crece y se desarrolla con lentitud, apenas brota un discreto designio de su presencia bienvenida. Y al salir el sol pienso que ese destello de esperanza, por así llamarlo, se nutre del tiempo presente, purifica la nostalgia; donde el llano desolado del diario hacer se adorna con ese punto distantemente visible de lo que crece apenas en mi interior, o donde sea que el espíritu se encuentre.

Enfrentarme con las diversidades del cielo, las múltiples expresiones de desesperanza de mis contemporáneos, el desamor por la ciudad y el hipócrita libre albedrío del dinero. No se puede frenar semejantes corrientes de tiempo, su agua fría invocando el dolor y el miedo en cada turbulencia del camino designado.

¿Quién se atreve por voluntad propia a sumergirse en el mar oscuro de la extenuante rutina del trabajo? Sigilosas ondas que todo lo pueden hundir, con un fondo que apenas nos dejan estar de puntas para sacar la nariz y respirar de a ratos el aire vital, pero no por eso puro.

Padecemos de extraños revueltos sueños y felicidades que se juntan en una maraña amorfa de vida, donde también se entrelazan, sobreponen y anudan los malestares de nuestra actualidad. Añoranzas y pandemia, ternura por el fin de los incendios y corazones rotos por una inundación que nos dejan botados en la calle, recibir el grotesco golpe del asaltante y descansar la pesada incertidumbre de los bolsillos vacíos. Aprendemos diariamente, aseguran de nuevo algunos o experimentan pero niegan por primera vez otros; el hecho de que vamos a estar padeciendo y amando nuestra experiencia de vida.

La edad se transfigura, no somos los de antes ni los de después, como aseguraba hace ya tantos siglos aquel viejo saliendo de entre montones apestosos para expulsarse la humedad de su enfermedad. La edad estanca ya no lo es tanto, miramos para atrás y ese abrazo, ese sueño, esa noche, ese paisaje, esa convivencia, tantos diferentes recuerdos que en la memoria se proyectan de repente, son una mar abierto que retumban sus olas, sus tormentas y sus seres que lo habitan sin darnos cuenta.

Fuego que cruza el invisible cielo colectivo, cometa arcaico que olvidaron al morir las deidades de nuestros antepasados. Signo poderoso que nos recuerda que después de la muerte hay vida, no metafísica ni prometida, no justa ni mucho menos deseada. Solo vida. Y esa semilla que abunda en nutrientes raíces, en el subsuelo del espíritu, es eso que nosotros nunca veremos, un algo futuro que sale de nuestro entendimiento. Su expansión lenta va creando en el ser una creciente esperanza que nos evoca el pensamiento para seguir adelante, enfrentar con buena cara el cansancio que a veces se nos presenta el estar vivos, despierto y conviviendo con lo que no queremos.

Y así se comienza una vez más este día.